Abnegados y resignados

Por Miguel Angel Villalba

 

Ha llegado mi hora y la muerte viene a esclarecer  las incertidumbres  cosechadas en vida. Tal y como deseaba; pues trae consigo también la confirmación de una percepción: aquella que tuve cuando, siendo un niño de la posguerra, algo o alguien, que no pude ver, me despertó con un leve empujón y una agradable sensación, como de una caricia, horas antes de que mi madre me comunicase la muerte de mi padre. Un padre del que no me pude despedir y cuya partida venía a agravar la, ya de por sí, penosa situación familiar, acorde, por otra parte, a los tiempos que corrían.

Muchos fueron los sacrificios para poder salir adelante. Con más ilusión que preparación. Con muchas penurias y escasas alegrías. Alegrías cimentadas casi siempre en pequeños detalles. Alegrías casi prefabricadas para poder combatir la persistente monotonía y escasez de recursos que insistían en lastrarnos el ánimo y la determinación.

Codo con codo mi generación comenzó a cimentar ese “Estado de bienestar” que, a la larga, nos proporcionó, entre otras cosas, el poder despedirnos  de nuestros familiares y amigos, como Dios y el buen entendimiento mandan.

Consolado y esperanzado por aquella percepción de mi infancia, he recibido a la muerte con la misma serenidad  con la que despedí a los que se fueron antes. Ahora veo cumplidos mis anhelos pues sé a ciencia cierta que mis progenitores me recibirán en otra parte. Lo que nunca intuí es que vería la imagen que se me presenta mientras asciendo: un frío recinto lleno de féretros que contienen en su mayor parte los cuerpos de una generación abnegada que ahora se ha visto resignada a marcharse sin poder ser despedidos por sus seres queridos. Al final hemos visto  doblegada nuestra determinación por un bichito microscópico llamado Coronavirus sin que este “Estado de bienestar” que ayudamos a construir haya sido capaz de protegernos.